Maratón de Terror | «Dejaron de repetir», un inquietante cuento de Francisco Araya Pizarro (Chile)
¿Qué sucedería si los animales dejaran de imitar nuestras palabras porque hubieran encontrado una lengua propia? ¿Y si, de pronto, los seres humanos descubriéramos que ya no somos el centro de su mundo?
La Maratón de Terror de Escritores Rebeldes continúa con «Dejaron de repetir», un perturbador cuento del escritor chileno Francisco Araya Pizarro, que combina el suspenso psicológico, la soledad y el misterio con una reflexión inquietante sobre la relación entre los seres humanos y la naturaleza.
En la remota Estación de Peña Corva, Matilde lleva años viviendo sola, aferrada a los recuerdos de su esposo fallecido y a una rutina tan extraña como reconfortante: cada mañana, un cuervo la saluda con la voz de Ezequiel.
Pero un día los cuervos dejan de repetir palabras humanas. Sus sonidos adquieren una estructura desconocida y, poco después, otros animales comienzan a comunicarse de una manera que Matilde no logra comprender.
Lo que inicialmente despierta su curiosidad se transforma en una experiencia aterradora. En un valle abandonado por sus habitantes, la protagonista comienza a sospechar que los animales no han olvidado nuestro lenguaje: simplemente han decidido dejar de utilizarlo.
Con una atmósfera de creciente tensión y una narración que convierte lo cotidiano en algo profundamente perturbador, Francisco Araya Pizarro construye un relato en el que el verdadero horror no proviene de monstruos sobrenaturales, sino de la posibilidad de que la humanidad haya dejado de ser necesaria.
En esta nueva entrega de nuestra Maratón de Terror, invitamos a los lectores a adentrarse en una historia donde el silencio también habla y donde la última palabra podría no pertenecernos.
¿Qué resulta más aterrador: escuchar a un animal hablar con la voz de alguien que hemos perdido o descubrir que ya no necesita nuestras palabras para comunicarse?
#MaratondeTerror
CUENTO – DEJARON DE REPETIR
POR: FRANCISCO ARAYA PIZARRO (CHILE)
Correo Electrónico: franciscoarayapizarro@gmail.com

Todas las mañanas, a las seis y diez, el cuervo grande del alero me decía buenos días con la voz de mi marido. No era una imitación cualquiera, de esas graciosas que hacen los loros. Era la voz de Ezequiel, ronca de tabaco y de sueño, con ese arrastrar la «s» que tenía desde que se rompió un diente en la mina. «Buenos días, Matilde». Dos palabras. A veces tres: «Buenos días, Matilde, ¿has dormido?». Y yo, que llevaba cuatro años sola en la Estación de Peña Corva, contestaba desde la cama sin abrir los ojos, porque contestar era una manera de que el día siguiera pareciéndose a los demás.
Los técnicos se marcharon de la estación el segundo año de la Retirada. Después se fueron los pastores, y luego los pocos vecinos que habían aguantado en el valle por terquedad o por falta de adónde ir. Yo me quedé. Alguien tenía que vigilar los repetidores, o eso me dije, aunque llevaba dos años sin recibir una sola señal que mereciera ese nombre. Me quedé porque la casa era mía, porque el huerto daba, porque Ezequiel estaba enterrado en el cementerio y no me sentía capaz de dejarlo con tanta soledad.
Los animales se quedaron también. Eso era lo curioso, y lo que al principio me consolaba. Las cabras que se volvieron monteses a los pocos meses. Una jauría de perros sin dueño que se organizó sola, con una perra gris por alfa, a la que llamé «Sila». Los cuervos, sobre todo los cuervos, que ocuparon los tejados de las casas vacías y aprendieron a hablar. Habían oído durante décadas nuestras palabras, los timbres, los motores, las radios, y las guardaban como se guardan las monedas viejas: sin entenderlas, pero con el instinto de que valían algo. Repetían frases. «Cuidado con el escalón». «Ya voy, ya voy». «Apaga la luz». Cada tejado era un museo de fragmentos humanos, un eco de nosotros mismos recitado sin sentido por picos negros. Yo los escuchaba con una ternura casi indecente. Era lo único que nos quedaba de compañía.
La mañana que dejaron de hacerlo fue un martes de octubre, y lo supe antes de entender por qué.
Me desperté a las seis y diez, como siempre, y esperé. Hubo el rumor de las alas en el alero, el raspar de las garras sobre la teja. Esperé el «buenos días». Esperé con una atención de enamorada, con el corazón dándome pequeños golpes de impaciencia, como quien aguarda una llamada. No vino. En su lugar, el cuervo grande emitió un sonido que no había oído nunca: un chasquido seco seguido de una nota baja, casi una vibración, y otro chasquido. Luego otro cuervo contestó desde el tejado de enfrente, con el mismo ritmo, y después un tercero. Me levanté descalza y salí al patio. Estaban allí los siete, en fila sobre el caballete, con la cabeza ladeada, mirándome. No gritaron. No me tuvieron miedo. Solo siguieron hablando entre ellos, a lo suyo, en ese idioma de golpes y de pausas, como si yo fuera una piedra más del paisaje.
—Buenos días —dije estúpidamente.
Ninguno se volvió.
Esa tarde saqué la grabadora, una de las pocas cosas útiles que conservaba cuando trabajaba de técnica de sonido en una radio de provincia, y grabé durante dos horas. De noche, con los auriculares puestos y una taza de infusión que se enfriaba, volqué los archivos al ordenador de la estación y abrí el analizador de espectros. No pretendía descubrir nada. Quería distraerme.
La pantalla me devolvió un dibujo que me dejó sin aliento. Había estructura. No eran graznidos al azar, ni galimatías. Las secuencias se repetían con variaciones, se anidaban unas dentro de otras, tenían una arquitectura. Marqué un patrón que aparecía en cuatro grabaciones distintas y lo escuché una y otra vez, hasta que dejó de sonarme a ruido y empezó a sonarme a cadencia, a frase, a pregunta.
Los cuervos, esa semana, hablaron más que nunca. Y lo que más me inquietaba era que habían abandonado nuestras palabras. No quedaba rastro de las frases humanas, ni un «ya voy» ni un «apaga la luz». Todo el repertorio que habían atesorado durante años, todo el museo de nuestros restos, había desaparecido de golpe, como cuando un niño crece y tira los juguetes sin ceremonia.
Se me ocurrió, a las dos de la madrugada, con un frío que me subió desde los pies, que no habían olvidado. Habían decidido.
Los perros fueron los siguientes. Lo noté al cabo de unos días, cuando Sila y los suyos bajaron al río como siempre y no los oí ladrar. Ladrar se había vuelto, de pronto, algo vulgar. Se comunicaban con gruñidos largos y modulados, con inclinaciones de cabeza y con una coreografía de hombros que tenía algo de liturgia. Y cuando los cuervos hablaban desde arriba, los perros respondían en un registro más grave, de modo que a veces, en el crepúsculo, el valle entero parecía conversar consigo mismo en una lengua común.
Yo grababa. No podía evitarlo. La curiosidad es, quizá, la última forma de valentía que le queda a una persona asustada.
Fue en esas grabaciones donde encontré la palabra.
No sé si llamarla palabra. Era un chasquido doble, rápido, seguido de una vibración que bajaba como una escalera. Aparecía cada vez que yo salía al patio, cada vez que cruzaba el huerto, cada vez que me asomaba a la ventana. Sonaba un segundo antes que cualquier otro sonido, y los demás animales lo recogían, lo pasaban de unos a otros, como una alerta o como un comentario. Lo comprobé contando. Treinta y dos veces en una mañana, siempre atada a mi presencia.
Me llamaban. O me nombraban. O algo peor que no quise pensar.
Probé salir sin hacer ruido. Probé salir por la puerta de atrás. Probé quedarme una tarde tumbada en el suelo de la cocina, sin asomarme a ninguna ventana. La palabra sonó igual, a lo lejos, como si supieran en cada momento dónde estaba yo.
El día veintiuno, al amanecer, bajé al cementerio a ver la tumba de Ezequiel, como hacía cada domingo.
El pueblo estaba en silencio. Pasé frente a la iglesia, frente al bar de los Almagro, frente a la escuela con los pupitres todavía puestos. Algo había cambiado en el pueblo y tardé un rato en saber qué. Faltaban cosas. La campana de la ermita, que llevaba dos siglos colgada, ya no estaba. Las bicicletas apoyadas en las fachadas habían desaparecido. De la escuela habían sacado la pizarra y los libros de la estantería. No los habían robado ni destrozado. Los habían apartado, con cuidado, y los habían dejado en un montón al pie del muro, bien colocados, como se coloca la ropa de un difunto.
En el cementerio, la tumba de Ezequiel estaba intacta. Pero alrededor había un círculo de piedras. Piedras planas, escogidas, del tamaño de un puño, colocadas a igual distancia unas de otras con una precisión que ningún azar produce. Dentro del círculo, depositados como ofrendas, estaban el reloj de pulsera de mi marido y sus gafas, que yo había guardado en un cajón de la casa.
Se me heló la sangre. Habían entrado en mi casa. Habían abierto un cajón. Habían sacado lo que era suyo y lo habían traído hasta aquí.
Volví a la estación con las piernas flojas y me encerré. Cerré las ventanas, atranqué las contraventanas, encendí la lámpara de petróleo y me senté en la cocina a esperar, aunque no sabía a qué.
Cuando oscureció, empezaron a llegar. Lo oí primero: pasos sobre la grava, uñas sobre la losa, el roce de las plumas contra las tejas. Luego el silencio. Un silencio tan completo que parecía tener volumen, como el de una sala justo antes de que levanten el telón.
Me acerqué a la ventana y entreabrí un dedo de la contraventana.
Estaban todos. Los siete cuervos sobre el tejado del establo. Sila y su jauría en semicírculo, quietos, con las orejas erguidas. Las cabras en el huerto, de pie, mirándome sin pestañear. Y detrás de ellos, en la linde del bosque, otras sombras que no reconocí, animales venidos de más lejos, una asamblea, cientos de ojos reflejando la luz de la luna.
Nadie se movía. Nadie hablaba. Era una ceremonia, y yo era su única razón de ser.
Entonces el cuervo grande bajó del tejado y se posó en el alféizar, a un palmo de mi cara, separado de mí por un cristal. Me miró con un ojo negro, brillante, tan frío y tan lúcido que sentí vértigo. Abrió el pico. Y con la voz de Ezequiel, ronca, cálida, arrastrando la «s» como siempre, dijo:
—Buenos días, Matilde.
Me llevé la mano a la boca. Sentí lágrimas en la cara sin haberme dado cuenta de cuándo habían empezado. El cuervo esperó. Luego cerró el pico, ladeó la cabeza y emitió el chasquido doble, la bajada de escalera, aquella palabra que llevaba semanas oyendo. Y detrás de él, desde todo el valle, desde cada pico, desde cada garganta, la palabra se repitió, multiplicada, creciendo como una ola, hasta llenar el aire de la noche.
Y lo comprendí. Esa vez, sin saber cómo, lo comprendí.
No era mi nombre. Era la palabra para lo que queda cuando algo ha terminado. Lo que se deja sobre la tumba. Lo que se entierra con respeto, con una última frase de cortesía, antes de dar la vuelta y marcharse sin mirar atrás.
Esa fue la última vez que oí la voz de mi marido en un pico. Por la mañana, el patio estaba vacío. Ni una pisada. Solo el círculo de piedras que habían trazado alrededor de la estación durante la noche, perfecto, cerrado, sin una sola abertura.
Llevo tres días sin atreverme a cruzarlo. En el silencio del valle me llega, de vez en cuando, desde muy lejos, el sonido nuevo de una lengua que ya no necesita traducirse. Y a mí, que fui técnica de sonido, que pasé la vida escuchando lo que otros decían, me toca por fin lo que me tocaba: quedarme quieta, junto a lo que ya ha pasado, esperando a que alguien se acuerde de enterrarme.
AUTOR: FRANCISCO ARAYA PIZARRO (CHILE)
© DERECHOS RESERVADOS AUTOR

Nacido en Santiago de Chile en 1977, Francisco Araya Pizarro es diseñador gráfico, community manager, escritor y emprendedor digital. Ha publicado seis libros y cuenta con más de cuarenta relatos incluidos en antologías literarias. Sus textos han aparecido en diversas revistas literarias en español.
Además, comparte sus cuentos y relatos cortos a través de su blog personal, disponible en: www.tumblr.com/franciscoarayapizarro
